Una cosa es lo que dices ser y otra muy distinta es lo que haces. Hay personas que hablan maravillas de sus valores, su profesionalismo y su capacidad de liderazgo. Se describen como responsables, respetuosas y comprometidas. Sin embargo, basta observar cómo se comportan en determinadas circunstancias para descubrir una enorme distancia entre lo que dicen y lo que realmente hacen.
Y aquí entra una palabra que todos conocemos, pero que no siempre practicamos: coherencia.
Porque, seamos claros, no puedes decir que eres un excelente profesional si llegas tarde constantemente a tus compromisos. No puedes presumir de ser un gran líder si tratas con grosería a tus colaboradores, ni hablar de respeto cuando eres incapaz de escuchar una opinión diferente a la tuya. La coherencia no consiste en hablar bonito sobre nuestros valores. Consiste en vivir de acuerdo con ellos.

no puedes exigir responsabilidad si no respetas el tiempo de los demás.
¿Eres realmente como crees que eres?
En mi libro ADN de la Imagen Profesional explico que nuestra imagen va mucho más allá de la apariencia física o la vestimenta. También está determinada por nuestros comportamientos, actitudes y decisiones.
Y aquí quiero plantearte una pregunta que quizás resulte incómoda: ¿La persona que tú crees ser es la misma que los demás experimentan cuando interactúan contigo?
Puedes considerarte amable, pero ¿cómo tratas a quien te atiende en un restaurante cuando algo sale mal? Puedes describirte como un profesional organizado, pero ¿respetas el tiempo de los demás? ¿Y cómo reaccionas cuando alguien de tu equipo comete un error?
Es precisamente en esas situaciones cotidianas donde queda al descubierto nuestra verdadera imagen.
Tener un cargo no te convierte en líder
Todavía existen personas que confunden liderazgo con autoridad, respeto con miedo y firmeza con arrogancia. Creen que ocupar una posición importante les da derecho a dirigirse a sus colaboradores de cualquier manera.
Pero un cargo puede darte autoridad, jamás te garantiza el respeto de los demás.
No puedes exigir excelencia cuando eres un ejemplo de desorganización, ni promover un ambiente laboral saludable si eres quien genera tensión y desconfianza. Ser exigente no significa ser grosero. Se puede corregir sin humillar, dirigir sin intimidar y establecer límites sin perder la educación.
Y hablando de educación, ¿cómo tratas al personal de limpieza, al mensajero o a quien te presta un servicio? Para mí, esa es una de las pruebas más reveladoras del verdadero carácter de una persona.
La cortesía que depende del cargo o la posición social de quien tenemos enfrente no es verdadera cortesía. Es conveniencia.

Tener autoridad no significa tener liderazgo.
Cuidado con la imagen que crees proyectar.
En mis conferencias suelo abordar un tema fascinante: la percepción. Quizás te consideras una persona segura, pero los demás perciben arrogancia. Tal vez piensas que eres un jefe exigente, cuando tu equipo te percibe como alguien incapaz de escuchar.
Aquí aparece lo que llamo la brecha de la percepción: esa distancia entre lo que creemos proyectar y lo que los demás realmente perciben.
Una diferencia que puede afectar nuestra credibilidad, nuestras relaciones y nuestra reputación.
Porque hay algo que siempre debemos recordar: La percepción no pide permiso.
Las personas forman opiniones sobre nosotros a partir de lo que observan, escuchan y experimentan.
La coherencia no termina cuando sales de la oficina.
La coherencia no es un uniforme que nos ponemos para trabajar y nos quitamos al regresar a casa. También se refleja en nuestras relaciones familiares, amistades y convivencia diaria.
No tiene sentido hablar de empatía si somos indiferentes con quienes nos rodean, ni defender la honestidad mientras justificamos nuestras propias mentiras.
Por supuesto, nadie es perfecto. Todos cometemos errores. Pero existe una gran diferencia entre equivocarse y convertir una conducta equivocada en una costumbre.
La coherencia exige conciencia, responsabilidad y disposición para corregir.
Tu reputación no se construye con lo que dices de ti.
Vivimos en una sociedad preocupada por mostrar su mejor versión. Publicamos fotografías impecables, compartimos frases inspiradoras y construimos cuidadosamente nuestra presencia digital. El problema comienza cuando dedicamos más esfuerzo a parecer que a ser. Puedes tener una excelente marca personal, una presentación impecable y miles de seguidores, pero si tus acciones contradicen constantemente tu discurso, tarde o temprano esa incoherencia se hará evidente. La reputación se construye con comportamientos que generan confianza. Y la confianza puede tomar años construirla y apenas unos minutos perderla.
Antes de exigir, mírate
La próxima vez que critiques la impuntualidad de alguien, pregúntate qué tan puntual eres tú. Antes de cuestionar el compromiso de un colaborador, revisa si cumples tus propias responsabilidades. Y antes de exigir respeto, asegúrate de ofrecerlo. Porque es muy fácil identificar las contradicciones ajenas. Lo verdaderamente difícil es reconocer las nuestras.
Quiero cerrar con una reflexión:
No basta con parecer profesional. Hay que comportarse como tal. Tu verdadera imagen no está solamente en lo que dices de ti, sino en lo que los demás experimentan cuando tienen la oportunidad de conocerte.

La coherencia es el hilo conductor de nuestra imagen personal y profesional. Se refleja en cómo cumplimos nuestros compromisos, ejercemos el liderazgo, tratamos a los demás y vivimos nuestros valores. Este mapa nos recuerda que cada acción comunica y que nuestra credibilidad se construye cuando existe armonía entre lo que decimos, lo que hacemos y lo que proyectamos.
Tania Hyman
Conferencista 1y coach de comunicación e imagen profesional.
Autora de los libros Que te atiendan y te entiendan, Sácale partido a una vida bien vivida y ADN de la Imagen Profesional.





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